Barcelona, mayo de 1937 - Agustín Guillamón

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El antifascismo fue, en los años treinta, la mayor victoria del fascismo. La unión sagrada de todos los antifascistas para derrotar al fascismo y defender la democracia suponía, para el movimiento obrero, renunciar a los propios principios, a un programa revolucionario proletario, a las conquistas revolucionarias, a todo (es decir, el famoso eslogan falsamente atribuido a Durruti: "renunciamos a todo menos a la victoria"), para someterse al programa y los intereses de la burguesía democrática.